Ejército de palabras.
La tipografía es la ropa de las letras, y su sastre es el encargado de transformarlas en belleza. Crea letras, crea frases, crea líneas, crea párrafos, crea textos, crea libros, pero crea algo. No hay nada más maravilloso y locuaz que transmitir belleza con símbolos cicateros sin atractivo. ¡Escribe!
Si te enteras de que alguien está usando los textos de este blog como si fueran de su propiedad, te ruego que me lo notifiques para tomar las medidas oportunas. ¡Gracias!
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lunes, 13 de mayo de 2013
Sueño paradójico.
—Te dije que desaparecieras. —Dije con la voz ronca y condicionada por la sorpresa.
—Hola.
—Te dije... —Tomé aire y solté un suspiro de paciencia. —Te dije que desaparecieras.
—Sabes que no puedo.
Su voz sonaba dulce, como siempre. Sonaba nostálgica, sonaba a recuerdos vacíos mezclados con pasos en un bosque. Sonaba a sexo entre las rocas. Su voz sonaba a ilusión que resplandecía mientras se quemaba por dentro, e implosionaba. Su voz... aquella voz me taladró el tímpano, mientras me empujaba un lateral para abrirse paso.
—Hola...
Repetía una y otra vez, instalándose en mi mente, penetrando en mis sueños. Y no desaparecía, parecía que no pretendía irse. Saludaba, con las manos cargadas, mientras mi almohada, empapada en lágrimas, sangraba sombras.
Saludaba como quien no quiere la cosa, como quien lo olvida todo. Estaba segura, estaba dentro de mi, estaba brotando desde lo más profundo de mi ser, y no podía hacer nada. Quizá se aprovechara de eso.
Si. La vi. La vi quedarse dormida dentro de mi mente, la sentí caminar por los estrechos pasillos de mi comprensión. La vi ablandarme el alma mientras no podía defenderme. Volvió a aparecer, más clara aún.
—¿Qué haces aquí?
Mi voz resonó con un incómodo eco. Y tan siquiera una mirada como cómplice antes de desaparecer entre niebla y agua en aquella habitación. Condenada el ostracismo en mi propio reino. Sabía que no había muerto, allí estaba, y aquí está, de hecho. Rondando en mi piel, cada centímetro cubierto por su halo, su maldito halo.
Cada línea escrita era parte de ella, cada mechón de pelo sirvió para una precisa descripción. Cada palabra se hace redundante en el recuerdo, sin querer. Sin querer.
—Hola... —Una mirada colmada de tristeza, con las cuencas vacías, con el corazón latiendo en la mano. Un saludo triste y desconsolado disfrazado de luces y de color. No entendía nada. No quería terminar de escribir, no quería pensar que, quizá ella no, pero la otra puta insidiosa se marcharía para no volver. Que no volvería a poseer mis dedos, que lo que siento ahora sería imposible sentirlo más. Pensaba, casi con toda certeza, que no quería ser nada certero. Desde luego, la incertidumbre que me invadía no era competencia para el desconcierto, que mi sangre, tan sucia, no la tocarían esos labios. Sin duda, ella no la abrazaría. Pero ahora si, ahora lo hace. Ahora le abraza. ¿Por qué? Me preguntaba sin poder despertar. ¿Por qué? Me preguntaba aún más fuerte. ¿Por qué...?
"Sabes que no puedo, no puedo desaparecer... Hola." ¿No puedes? ¿Por qué?
Porque nadie es consciente de lo que sueña, hasta que lo sueña consciente.
martes, 30 de abril de 2013
Nadie con quien hablar.
Sobre las líneas que jamás se escribieron duermen las conciencias más inquietas, repletas de culpa. De imaginación peligrosa, de mente enferma, de deseos llenos de gloria, gloria manchada de sangre. Siempre hay una historia para alguien que no desea contar la suya, el consuelo de un pobre diablo, de una voz encerrada en el miedo, de una épica abstracta y oscura. Duerme en la verborrea la inseguridad y el nerviosismo, siempre vigilante, pero entre sueños y algodones.
Despertándose entre burlas y párrafos emborronados, saltando borracho sobre las letras. El miedo no sólo surge de noche, no es en ella donde se encuentra el peligro, las alimañas, la pura decadencia. Es en ese oscuro lugar donde mora el peligro, donde se llora de pena, donde se interpretan los temores. Allí donde todos sabemos.
Donde se controla todo es donde más se desajusta aquello que nos hace actuar con humanidad, allí en la cima, allí desde donde todo se ve, y todo se escucha. Volviéndose enfermo, pudriéndose, engañándose, no sabe salir.
Qué miedo más etéreo y surrealista. ¿Lo estaré viendo sólo yo? ¿Será de verdad? Será, será...
Y ojalá lo fuera. Saber que se le teme a algo real y no a los fantasmas de la mente, a los demonios imaginarios, a la inspiración dormida. A esa mala puta que dice que llamará y nunca llama.
Y es allí donde la voz calla, donde se despiertan las ilusiones a las seis de la mañana para irse de viaje y no volver jamás. Donde no hay nadie con quien conversar. Con los fantasmas violando la estabilidad de tu equilibrio, con los demonios sodomizando la inspiración, deseando terminar, morir estrellados contra la pared del ego en una orgía de basura y desechos.
Y es allí donde la voz calla, pues los monstruos de debajo de mi cama ya no están. Se han ido. Y ya no tengo a nadie con quién hablar.
miércoles, 17 de abril de 2013
Ojalá pudiera...
Ojalá pudiera coger una cuerda de piano y atarte a una silla. Poder agarrar la cuerda y mientras me miras, con cara de angustia, y lágrimas de terror en los ojos, acercarla lentamente a tu cuello. Susurrarte al oído que vas a morir, que ya queda poco, que no hay vuelta atrás, que quizá después de la muerte ya no haya nada más que vacío y soledad. Sentir tu miedo, lamer tus lágrimas, ojalá pudiera sonreír con cada mueca de terror que hiciera deformar tu miserable cara. Ojalá pudiera comenzar a estrangularte con la cuerda, mirándote a los ojos, observando cómo se vuelven rojos por la sangre, y cómo tratas, inútilmente, de salvar tu triste vida suplicando piedad. Sentir con gusto cómo se apaga tu vida, cómo la llama de tu corazón se convierte en hielo. Saborear cada detalle y cada momento de tu muerte con mis manos manchadas de sangre, sentir cómo un agradable escalofrío recorre mi espalda al ver que no puedes respirar, y que el pánico más absoluto recorre tus entrañas a la velocidad del rayo. Ojalá pudiera ser consciente de que sientes auténtico miedo, en la más pura y completa acepción de la palabra. Que supieras que tu vida toca a su fin, que suplicaras con toda tu alma que después hubiera otra vida. Poder salvarte. Y cuando tu cuerpo yazca muerto, maltratado, desfigurado, deshonroso y para nada pulcro, saborear cada corte que se deslice por tu piel hasta llegar a los huesos, que acabarán hechos astillas maltratadas por mis golpes poco certeros. Convertir tu cuerpo en una amalgama de carne, sangre y odio, mientras observo cómo, convertido en sopa, se disuelve en cal viva. Y reír a mandíbula batiente al ver cómo te conviertes en la nada, y la nada se funde contigo en un ácido y amargo final infinito.
Ojalá...
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